06 Dec 2011

Lamiendo el Plato

got talent

El Salmo 37:4 dice: Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón.

La adoración es un tiempo para deleitarse en el Señor. Yo descubrí el verdadero significado de esta palabra viendo comer yogurt con pan dulce a mi pequeña hija Alegría. Verla realmente provoca antojo por probar lo que está comiendo porque no se detiene con buenos modales sino que toma el pan con sus manitas y se lo lleva a la boca, lamiéndolo y expresando con toda su carita el gusto que experimenta.

Cuando disfrutas algo no puedes detenerte porque eso que te gusta es agradable para tus sentidos y provocas que otros deseen lo que tú disfrutas. Imagina tu postre favorito, ¿cuál es, las crepas con nutella y banano, un flan de caramelo, un cinamon roll?  Te aseguro que el simple hecho de imaginarlo, te provoca deseo por comerlo. Así debe ser tu anhelo por disfrutar la presencia de Dios en tu vida y contagiarla a otros que te vean tan feliz que deseen lo que tú tienes. Todos debemos sentir que se nos hace agua la boca por disfrutar nuestro tiempo con el Señor.

Adorar es “gustar de algo extremadamente” y es nuestro Dios quien merece todas la adoración que podamos darle y disfrutar. Busca el tiempo y espacio para adorar a tu Señor. Al hablar de disfrutar, me refiero a cosas que te gustan, por las que estás dispuesto a cualquier cosa, eso que te mueve y estimula. Dios dotó a nuestro cuerpo de sustancias bioquímicas, neurotransmisores que nos provocan sensaciones placenteras ante lo que nos agrada. Por ejemplo las endorfinas, la oxitocina, la serotonina y dopamina que es un neurotransmisor al que llaman “el mensajero de la alegría”.  Nuestro cerebro reacciona antes los estímulos que nos provocan satisfacción, gracias a estos elementos químicos. Así que Dios te ha dotado de un cuerpo capaz de disfrutar la adoración que debes rendirle. Adora Dios con tus sentidos, con tu cuerpo y con tu mente.

El Salmo 63:1 proclama: Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas.

Adorar a tu Dios debe ser un deseo tan ferviente que te provoque el ánimo por levantarte temprano y acostarte tarde disfrutando Su presencia. Dile: “Señor, mi ser te anhela”. Vuelve a ese primer tiempo cuando te enamoraste de Él y le buscabas fervientemente porque impactó tus sentidos y tu corazón.

Dios debe ser ministrado por nosotros, por lo que tengamos para Él. Conmoveremos Su ser, como lo hace mi hijo cuando me regala algo que dibujó para mi. Busca la perfecta y genuina adoración, esa que solamente tú puede darle porque eres único ante Sus ojos y desea verte adorándole.

El Salmo 84:2 proclama: Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.

No sé como cantas, pero lo importante es hacerlo con pasión, con ese ardor que derrita al Señor y que le demuestre el profundo amor que sentimos por Él. Eso es adorar, apasionarse y disfrutar ese tiempo reservado para nuestro Padre Celestial.

Éxodo 24:18 cuenta: Y entró Moisés en medio de la nube, y subió al monte; y estuvo Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches.

Moisés subió dos veces al monte, pero realmente no creo que todo ese tiempo fuera para escribir la ley. Por eso pienso que un gran porcentaje de esos días lo pasaron él y Dios disfrutando de su tiempo juntos. Imagino a Moisés en éxtasis ante la presencia de Dios, tan placentera y acogedora que seguramente no quería apartarse de Su lado. Tal como nos sucedió el día que le entregamos nuestro corazón.

Busca adorar al Señor y disfrútalo tanto como aquello por lo que estás dispuesto a pagar lo que sea. Así como Jesús quien por comprar tu vida, pagó el precio más alto, Su cuerpo y sangre. Sal corriendo y busca a tu Dios, cierra la puerta de tu habitación y dile: “Aquí estoy Señor, te adoro y te alabo porque eres el más grande, mi Padre a quien amo”.

¿Estás listo para amar al Señor?  Búscalo con vehemencia, con pasión, preparándote para la batalla, conquistando el derecho de estar a Su lado. Él debe ser lo más importante, aquello por lo que estemos dispuestos a dar la vida y por lo que enloqueceríamos si nos apartan de Su presencia. Si perdiste esa pasión, si ya te acomodaste a tu vida cristiana, es hora de despertar esas endorfinas y anhelar a tu Dios con todo tu ser.

Cuando le entregué mi corazón pasaba horas encerrado en mi habitación adorándole. No sabía tocar ningún instrumento, pero le pedí a un amigo que me enseñara a tocar la guitarra y aprendí un par de canciones. Recuerdo una que decía: “Vengo a ti oh Señor, quiero más de ti, dame, dame, dame más de ti”.  Busca al Espíritu Santo quien te enseñará a clamar, a disfrutar y a alimentarte de la unción hasta que dejes ese plato vacío. Adora al Señor como nunca antes, con pasión para contagiar a otros y conformar ese grupo de adoradores en espíritu y verdad que Él busca y merece.