Lo primero para ser adoradores es estar convencidos de quiénes somos y luego, saber cómo se agrada a Dios. Se puede adorar con o sin música. Satanás le dijo a Jesús: “Póstrate y adórame”, no le dijo: “Canta”. No necesitas pertenecer a una banda o cantar maravillosamente para ser adorador en espíritu y verdad, aunque sí es necesario que busques excelencia en la forma como deseas adorarle.
Para adorarle debemos presentar nuestro cuerpo delante Suyo, levantar las manos, postrarnos, hacer que nuestra actitud le diga cuánto lo amamos y honramos1. Dios quiere escuchar el fruto de nuestros labios que confiesen Su nombre y si puedo agradarlo haciéndolo, lo haré, lo adoraré como Él pide, no como se me antoja. Adorarlo con desgano, sin pasión es una falta de respeto, un insulto a Su grandeza, producto de nuestra mediocridad e inseguridad en quiénes somos.
Su voluntad perfecta es que le adoremos con todo lo que tenemos, que le reconozcamos como Dios, Señor y Salvador2, que nos presentemos delante Suyo con pasión y convicción, bien plantados, orgullosos, pulcros, limpios en señal de respeto porque estamos ante nuestro Rey, no ante el amigote de la esquina. Ciertamente es nuestro mejor amigo, pero eso no le resta grandeza y majestad, así que ubícate y demuestra respeto ante tu Señor.
Nuestra adoración debe ser constante. La Biblia dice que ofrezcamos siempre sacrifico de alabanza, es decir, sin parar y continuamente. También nos pide que alabemos con nuestros labios, con la ayuda que podemos ofrecer a los demás y con la obediencia a nuestros pastores quienes a su vez darán acción de gracias por nuestra conducta3. Así que ¡nuestros actos de adoración generan más adoración! Qué glorioso es saberlo.
El Espíritu nos impulsa a adorar al Padre, nos da disposición y carácter de adoradores que no temen ni se avergüenzan por danzar y cantar delante de Su trono. Él embriaga como el vino4 y eso no debe darnos pena. ¿Acaso te avergonzaba bailar y tomar licor en las discotecas? ¿Por qué ahora te da pena bailar delante de tu Dios? Pueden llamarnos ridículos y absurdos, pero estamos haciendo lo correcto, lo que Dios nos ha pedido. Eso es lo importante.
Dios se goza al escucharnos cantar salmos, himnos y cánticos espirituales5 con gracia. Esa es la genuina alabanza que Él desea, la que surge de nuestro ser, convencidos de nuestra identidad que nos mueve a una actitud correcta. No importa si lo haces cantando en un grupo de alabanza, pintando obras de arte, produciendo escenografías, programas de TV o radio, escribiendo libros en Su honor, como sea que lo hagas, ¡hazlo bien!
Jesús dice que alabará al Padre en medio de la congregación6, con nosotros, Sus hermanos. ¡Qué maravilloso! Si Él lo hace, ¿cómo nos negaríamos a hacerlo nosotros? Es importante que alabes al Señor en la iglesia, que unas tu voz a la de tus hermanos porque allí está Jesús, levantando también Sus brazos al Padre. Si creo en la venida de Cristo, creo en congregarme, y si creo en congregarme, creo en la adoración7. Adóralo con excelencia porque el mismo Jesucristo se une a tu alabanza. Deléitate en el Señor, Él te anhela y es sabroso adorarle. Dios llena tus sentidos cuando le entregas tu ser en adoración. No te pierdas esta increíble experiencia.
Cuando lo alabo, toda mi confianza está puesta en Su gracia, no en mi alabanza. Yo confío en la sangre de Cristo y Su poder que purifica mi adoración para hacerla digna de presentarse ante el Padre. Ahora podemos presentarnos delante del trono de Dios sin miedo a morir, como sucedía con los antiguos sacerdotes, porque nuestro Señor Jesucristo ya ha pagado el precio, derramando Su sangre limpia y sin mancha en el altar para lavar nuestras ofrendas y hacerlas dignas del Señor. El Padre nos ve a través de la sangre sin mancha de Su Hijo, así que debemos acercarnos a adorarle sin preocupación por nuestras faltas y pecados, porque ya hemos sido redimidos por Cristo Jesús.
Confía en Su gracia y misericordia que te ha lavado para que te acerques y le adores. Nuestra conducta no sustituye la preciosa sangre del Cordero, así que puedes entregarle tu alabanza de corazón. No lo dejes esperando la honra y la gloria que merece, ¡adóralo con todo!
1 Romanos 12:1 dice: Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.
2 Romanos 12:2 continúa: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
3 Hebreos 13:15-17 explica: Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios. Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.
4 Efesios 5:18 manda: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu.
5 Colosenses 3:16-17 pide: La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
6 Hebreos 2:12 dice: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré.
7 Hebreos 10:24-25 aconseja: Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.

